Aún me estoy recuperando de la borrachera de placer que alcancé el domingo, cuando vi como italianos y finlandeses se repartían los títulos mundiales de Fórmula 1, dejando a los ingleses, con toda su rabia, con sus pobres esfuerzos al borde de la legalidad, con el mal sabor de boca que se te queda cuando acabas de despertar de la peor pesadilla que has tenido nunca. Y es que en Oviedo hubo celebración, pese a que Fernando Alonso no ganó el mundial. Una lástima que no ganara, pero bueno, al menos así algunos aprenderán.
La soberbia inglesa -inglesa, no británica, que los pobres escoceses bastante tienen ya que aguantar- ha hecho que un equipo inglés perdiera el único título al que aspiraba -el de pilotos- por no soportar compartirlo con un español, quien por cierto, es, en boca de todos los expertos, el mejor piloto del mundo. Su orgullo por el “Dios salve a la reina” impedía pensar que un español pudiera ser mejor que el niño de oro de la pérfida Albión, el incomparable Lewis Hamilton. Pero ojo, es que llega a tanto su arrogancia y desprecio por los demás, que hasta el año pasado, la prensa de Su Graciosa decía que Jenson Button, la eterna promesa, era tan bueno, o incluso mejor que Alonso, cuando el británico sólo ha conseguido ganar una carrera, gozando todos los años menos el actual, de un coche en condiciones de plantar cara, y el español ha ganado ya dos campeonatos del mundo, a estas alturas, y comenzando en un Minardi, que esa es otra: los hijos de la Gran Bretaña comienzan sus andanzas en los mejores coches de la parrilla, y a los de nacionalidades continentales, o sureñas, nos toca siempre empezar por lo más bajo del asunto. Si a eso le sumamos que el actual subcampeón, mimado y favorecido siempre por la Federeación Internacional del Automóvil, Lewis Hamilton ha gozado del favor constante de su equipo, en detrimento del bicampeón español, para qué queremos decir más. Aún así, han terminado la temporada empatados a puntos.
Me gustan muchas cosas de los británicos. Me encanta el museo británico, la forma ordenada de hacer las cosas que tienen. La democracia desde hace tres siglos y algo más. El respeto que tienen por sus leyes y su cultura. Pero detesto su arrogancia, su nacionalismo, el pensar que el otro -sobretodo el español- es inferior por ser de otra nacionalidad. Vamos a ver… hijos míos, si cuando vosotros aún andabais tirando piedras por el monte, nosotros ya teníamos a Séneca, a Quintiliano, a Trajano, a Adriano, y a muchos otros… No me habléis de culturas inferiores. No nos hableis a los latinos de eso.
Porque, volviendo al automovilismo, unos latinos -italianos, en este caso y me refiero a Ferrari- os han dado una lección de orden y buen trabajo este año. Y otros latinos -Renault- con apoyo de otras nacionalidades, incluida la vuestra, os la dieron el año pasado. Vosotros estábais tan asustados ante la idea de ganar el campeonato con un piloto español, que por vuestra codicia, por tratar de que a toda costa ganara un inglés, os habeis encontrado que ni siquiera un coche de vuestro país ha sido campeón. Viva Britannia. Y no contentos con esto, patalean y reclaman, tratando que la Federación les de un nuevo trato de favor, sumado a los muchos que ha habido este año hacia los británicos. Ignoro si se lo darán. Pero de momento, por querer evitar que alguien llamado Alonso fuera campeón con uno de sus coches, nos han dado a la europa continental el gustazo de ver la derrota total de la motorizada británica.
A ver si aprenden la lección, los amigos. Que ya es hora.
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