Estoy escuchando una canción de Sabina. De pequeño escuchaba a Sabina, en aquel final de los años ochenta y principios de los noventa. Supongo que cuando iba con mis padres en coche, o con mi tío. El caso es que me ha traído a la memoria los recuerdos de aquella primera infancia. Me acuerdo aún de mi primer día en la escuela, allá por 1989. De las calles con cunetas -algunas sin asfaltar- en mi pueblo, del coche único y de segunda para toda la familia, aún eran varios los labradores que usaban caballerías en lugar de tractores, o combinaban lo uno con lo otro, siempre en ese ambiente rural aún inalterado. En la tele sólo los dos canales públicos: aún recuerdo cuando llegaron las privadas, y hubo que cambiar la antena para cogerlas. Eran los tiempos de la caída del Muro, del fin del Telón de acero, de la Guerra del Golfo, etc. Otros tiempos. Tiempos de cambio. Hasta llegar 1992 y ver en televisión a Cobi y las olimpiadas de Barcelona.
Pero quiero fijar mi mirada hoy en aquellos años ochenta, cuando aún no eramos nadie. Cuando no existían para nosotros, la gente común, de un pueblo perdido en la meseta, ni los ordenadores, ni los teléfonos móviles -o al menos no estaban a nuestro alcance- ni internet, ni la madre que lo parió.
Entonces, si querías algo, tenías que acercarte a una persona, y hablarle cara a cara, o, todo lo más, ir a casa de un vecino que tuviera teléfono -si es que tú no tenías- y llamar a quien deseabas, esperando que a la vez el destinatario de tu conferencia estuviera en casa y tuviera al alcance del oído el sonido del teléfono. Eran otros tiempos.Motocicletas atrasadas. Bicicletas. Veranos en el río, que por entonces no estaba tan lleno de mierda como lo está ahora. Entonces aún podías pegarte un chapuzón y salir tranquilo del agua. Aquella era una vida tranquila. La gente trabajaba en el pueblo. Iban al rosario, a misa y al vía crucis. Los vecinos se reunían en concejo. Todo era más calmado y sano, a mi juicio.
Luego avazaron los noventa, yo crecí, y casi sin saberlo, nos hemos metido en una sociedad avanzada, no sé si mejor o peor según que casos. En la que puedes estar localizable en todo momento. Nunca estás sólo, sin embargo en todo momento te puedes sentir interiormente en una soledad aterradora: la de un mundo, o una gente que a medida que avanza la economía o la tecnología se vuelve más insolidaria, más ignorante, más envidiosa. Hace sólo dos décadas en el pueblo, entrabas a casa del vecino, cogías prestado un útil de labranza, por ejemplo, sin necesidad de pedir permiso, y él tan contento si te veía por la calle y le decías: oye, te cogí el azadón. Había esa confianza. La gente no estaba tan envilecida como para traicionar a un paisano que te abre la puerta de su casa a todas horas. Pero como decía, todo eso ha cambiado. Incluso el río, se ha visto, ante la irresponsabilidad de quienes nos gobiernan, alterado y contaminado. No me digan como, pero ya nadie opta por el baño fluvial, sin colorantes ni conservantes, en favor de la piscina.
De pronto nos hemos visto rodeados por una situación que nos supera. Miedo en cada esquina a que un pavo saque la chaira y nos robe todo, desconfianza en cualquiera que veamos por la calle, aunque lo conozcamos de toda la vida, rencores absurdos, envidias dignas sólo de paletos y tontos de baba. Buena vida. Mucho dinero, mucho placer. No soy un necio, malos ha habido siempre, sin embargo, y sin que sirva de precedente, hoy me refiero a la sociedad y no al individuo.
Pero, deberíamos preguntarnos alguna vez cuándo y porqué perdimos la confianza, el respeto por el prójimo y por el entorno y el calor en el trato humano.